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EL PODER DE COMPARTIR

EL PODER DE COMPARTIR

En octubre de 1957 se podía leer el siguiente titular en el periódico The Times of London: “Fuerte niebla en el canal. El continente aislado”. Sin duda es muy particular la visión de ese periódico. Incluso genera una cierta simpatía lo grotesco de la afirmación que, sin embargo, representa la forma de ver las cosas de un colectivo importante de personas. La esencia detrás de una declaración como esa es que no importa cómo sean los demás, ni cuales sean sus circunstancias. Sencillamente las cosas las veo desde mi punto de vista que es el que verdaderamente importa y que, por cierto, es superior al de los demás. ¿Es extraordinaria la visión que manifiesta esta declaración? Ni mucho menos. Diría que es bastante ordinaria. Si observamos con atención a nuestro alrededor la podemos encontrar impregnada en muchos ámbitos de nuestra vida. Y el ámbito profesional, por supuesto, no es una excepción.

El gran Peter Drucker dice que “sólo tres cosas ocurren de manera natural en las organizaciones: la fricción, la confusión y el bajo rendimiento” Es en ese contexto que el liderazgo cobra importancia y marca una gran diferencia entre empresas dado que es la gran palanca para conseguir el compromiso de las personas (hay que conseguirlo) y para mejorar el rendimiento de la organización. No obstante, la gran preocupación en el mundo empresarial es precisamente la escasez de liderazgo y la poca capacidad de ejercerlo por parte de quienes debieran titularizar ese protagonismo y además hacerlo con la inteligencia emocional adecuada, como nos señala Daniel Goleman. Goleman explica que un líder debiera manejar hasta cuatro tipos de inteligencia durante un mismo día de trabajo, aunque la realidad es que suele predominar una única inteligencia que, además, es la que preconiza un discurso del tipo: “así soy yo y así se hacen las cosas”.

Volviendo a nuestro ejemplo inicial, existe una marcada tendencia a pensar que los problemas están del lado contrario, es decir, que la niebla está afectando gravemente al otro. Y punto. ¿Es esto sostenible en un entorno como el que vivimos? Si leemos la conferenciaSeeking decent returns in an era of sub-par growth pronunciada en noviembre de 2014 por Ravi Menon, el primer ejecutivo de la Autoridad Monetaria de Singapur, encontramos que determinadas fuerzas globales pueden hacer que la crisis financiera y económica que comenzó en 2008 sea diferente a otros ciclos económicos vividos anteriormente.

La base de su razonamiento está en cuatro factores: 1) Dificultad para desapalancar las economías, 2) El efecto demográfico, 3) El impacto de la productividad y 4) El entorno energético. Menon explica que la combinación de estos cuatro elementos provocará que “el crecimiento en los próximos 20 años sea menor que en los 20 anteriores” con el lógico impacto sobre decisiones de inversión de los diferentes agentes económicos. De hecho, la propia directora del FMI, Christine Lagarde, habla de una época que bautiza como la “nueva mediocridad”. Así las cosas, ¿realmente podemos considerarnos una isla y considerar que la niebla le afecta a los demás y no a nosotros?

En las organizaciones encontramos decenas de islas y, más bien, normalmente no se sabe muy bien dónde está el continente, si me permiten la expresión. En este entorno, el argumento fundamental es que la unión hace la fuerza y la red de comunicación que hoy se ha tejido en el mundo multiplica el potencial de desarrollo hasta dimensiones nunca imaginadas hasta ahora. Ya no se habla de la “inteligencia colectiva”, que no es ni más ni menos que la simple suma de mentes individuales. Lo que ahora cuenta es la “inteligencia colaborativa”, definida por Wikipedia como “una forma de inteligencia que emerge de la acción de muchos individuos que interactúan entre sí de diversas maneras”. Aunque parezca mentira, colaborar está en nuestra naturaleza y este tipo de “inteligencia” lo hemos tenido toda la vida. En esta sociedad en red que estamos creando  no tiene sentido guardar como un tesoro lo que hagas. Hay que darlo a conocer y compartirlo, contribuyendo de esa manera al bien común. Antes, la información era poder. Ahora no. Ahora el poder está en generar valor compartiendo la información. ¿Conseguiremos que no sólo veamos “la paja en el ojo ajeno y no la viga en el ojo propio”? Los tiempos están cambiando y yo soy un optimista que cree en la capacidad de cambio de las organizaciones si tienen las personas adecuadas. Por cierto, para analizar, les comento que el optimismo responsable se aprende, como ha demostrado el psicólogo Martin Seligman, quien nos explica que las personas optimistas viven en promedio 12 años más que los pesimistas.

Merece entonces el esfuerzo que suponga cambiar las organizaciones hacia la colaboración. No sólo le permitirá evolucionar a la empresa en un entorno complejo y cambiante sino que, además, si esto lo hacemos con convicción y optimismo, tendremos muchos más años por delante para vivirlos intensamente.

 

Publicado en periódico El Dinero de República Dominicana

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